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Las “clases” de la piel divina

JUAN PEDRO LENDÍNEZ. Si han visitado o piensan visitar alguna vez el Museo Thyssen en Madrid, dentro de su colección encontrarán un lienzo que nos servirá para ilustrar la historia del pensamiento de épocas pasadas en relación con una singularidad que en los últimos años está despertando cierta controversia entre los círculos más dados al arte con el patrimonio de las cofradías, no sólo de Sevilla, sino en todo el territorio nacional.

“En “El columpio” de Jean Honoré Fragonard (1750-1752), que se encuentra en la colección Thyssen-Bornemisza, lo primero que nos llama la atención es la ausencia de columpio alguno. Para hacer honor a la verdad, se trata de un balancín, un juego aparentemente inocente entre dos jóvenes, que en realidad encubre en una situación cargada de erotismo solapado en una escena pastoral propia del estilo Rococó. En medio de un frondoso bosque, alejado de una villa campestre, el pintor representa a un mozo adolescente que ayudado por dos niños, aúpan en el “subibaja” a una joven doncella que se agarra a una rama para intentar no perder el equilibrio. Presumiblemente, la ingenua dama es la niñera que, al cuidado delos párvulos, se convierte en la protagonista inesperada del recreo. ¿Pero qué esconde en realidad esta escena pastoral repleta de colorismo a base de tonos pastel? Pues ni más ni menos que la historia de una frivolidad, de una seducción, de un erotismo encubierto. Muchos son los símbolos que nos lo indican: el exuberante bosque, las flores germinadas, las frutas maduras, el vino… Los niños no son más que pequeños cupidos que empujan al amor, y las ruborizadas mejillas de la tímida fámula, parecen indicar la pérdida de la inocencia de la candorosa joven. Incluso el elemento protagonista de la composición, el balancín, se convierte en una lasciva y disimulada metáfora más…”

Pero observando el cuadro desde un punto de vista socio-psicológico podemos ahondar aún más en la cuestión. Las diferencias entre ambos jóvenes son claras: él joven mancebo representa una clase baja de la sociedad, por ello aparece agachado, en un plano inferior; ella en cambio de clase más noble se eleva, y siendo perfectamente consciente de las diferencias sociales que impedirían vivir libremente su pasión, más que agarrarse a la rama para no caer, intenta hacerse sombra, para que el sol no curta su anacarada tez, evitando así, perder el ansiado aspecto de una distinguida posición social…”

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Así nos lo describe el licenciado en Historia del arte Pedro Soriano de Castro, destacando la acción de la joven intentando cubrir su cuerpo con la rama para que el sol no tueste su blanca piel y no descubran su secreto prohibido para el pensamiento de la época. Era por decirlo de alguna forma, la estética de diferenciación del poderoso, aquél que tenía la piel morena u oscura eran los esclavos o los gitanos, clases siempre infravaloradas en la sociedad o en el caso de los caucásicos, tener la piel tostada era sinónimo de ser un pobre trabajador expuesto nunca mejor dicho “de sol a sol” para ganarse y malamente, la vida. El rico era blanco, el pobre moreno… era un concepto bastante claro en todas las clases sociales en la antigüedad, entonces tanto el rico como el pobre tienen claro en su subconsciente cual era el color distintivo de su clase, el rico no podía concebir a uno de su clase con la piel tostada y el pobre tenía claro que un moreno no podría ser de alta alcurnia, amén de otras características que en esta ocasión no vienen al caso.

Así tanto el rico y el pobre entendía que la representación plástica de Dios, de su amado Hijo, de la Santísima Virgen –aún habiendo sido de raza judía en su vida- y los santos tenían que lucir el color de piel, que para el mundano representaba el poder y la nobleza, incluso la pureza y la salud, de ahí que hoy en día, tras las más modernas y avanzadas restauraciones, quizás el mundo especializado menos, pero el aficionado al arte cofradiero y sobre todo el simple devoto se esté sorprendiendo de lo que las modernas limpiezas de las imágenes nos están descubriendo, que sus Cristos y sus Vírgenes no eran “morenos”.

Centrándonos nada más que en la Semana Santa sevillana, en los últimos treinta años, hemos asistido a un cambio estético que normalmente ha impactado a todos, a nadie ha dejado indiferente las últimas restauraciones realizadas desde una óptica científica. Esa solera que hizo grande a la imaginería sevillana, esa suciedad que llamamos “pátina del tiempo” comenzó a desaparecer de los rostros de los Cristos y Dolorosas sevillanos, así como del resto de imaginería procesional, en muchas ocasiones produciendo cierto malestar entre sus devotos y entre aquellos que se autodenominan eruditos en arte.

Recientemente, la limpieza sobre el rostro de Ntro. Padre Jesús del Gran Poder es un claro ejemplo de lo que se expone, de cómo una limpieza borró el semblante que conocieron varias generaciones para devolvernos o acercarnos al verdadero rostro que nos legó Juan de Mesa en el lejano año de 1620. Tras la restauración citada se han dado unos casos muy singulares, y es que muchas de las copias del Señor de Sevilla se concibieron con el aspecto que el tiempo nos entregó en el siglo XX, como por ejemplo la impresionante imagen de Navarro Arteaga para la Semana Santa de Almería, hoy en día bastante más alejada de la estética que presenta el Nazareno de San Lorenzo. El esplendor, la claridad que están presentando las policromías en muchas de las tallas más antiguas de la ciudad es una comidilla entre los mentideros y foros cofradieros, incluso algunos apuntan a repolicromías en lugar de limpiezas. Pero lo cierto es que nos están devolviendo las viejas imágenes al esplendor que presentaron cuando fueron creadas, siendo para algunos un varapalo aquello de perder esa esencia “capillita” de su Cristo o su Virgen de llamarlo moreno/a.

Gran Poder Carlos Iglesia

La obsesión por piel blanca estuvo presente prácticamente hasta el siglo XX – en el XIX las mujeres tomaban vinagre para ponerse blancas, la Dama de las Camelias murió por este motivo-, momento en que confluyen dos circunstancias a la hora de crear nuevas imágenes amparándose en el resultado que la historia nos había legado. Una es que el cofrade le encanta esa belleza que el tiempo ha insuflado a sus devociones, la llamada solera, y no sólo en la imaginería, sino hasta en el brillo de los canastos o los bordados de los pasos. Muchos comienzan a llamarlos “morenos”, incluso el pueblo gitano se identifica con el color de sus titulares, como puede ser el caso de Ntro. Padre Jesús de la Salud de la hermandad de los Gitanos, una imagen que sin duda tuvo que ser de una tez muy pálida, teniendo en cuenta la poderosa atribución a José Montes de Oca comparando la desaparecida imagen con la del Cristo de la Providencia de los Servitas, otro de los ejemplos de un Cristo que tras ser restaurado nos descubrió un cristo con un color de piel bastante más claro que como muchos lo conocieron.

Cuando José Manuel Rodríguez Fernández-Andés lo resucita de las cenizas, al igual que Castillo Lastrucci con la Esperanza de Triana –que tuvo que tener la piel clara, si fue realizada por Astorga, dejándola morena Lastrucci y posteriormente Álvarez Duarte- u otros imagineros contemporáneos, tras la Guerra Civil, se ven en la encomienda de que los reorganizadores de las cofradías les piden que sus nuevas tallas se parezcan a las desparecidas, incluso en el tono de la piel, que en realidad era el tono de suciedad que los siglos habían creado, es aquí cuando nace adrede los denominados Cristos y Vírgenes morenas. De ahí, que en apenas cincuenta, setenta o noventa años las imágenes de estos artistas se ennegrecieran a una velocidad de vértigo desmesuradamente y tras sus restauraciones la sorpresa saltase a la primera plana cofradiera. Como ejemplos, los titulares de La Paz, El Baratillo o más recientemente Santa Genoveva o el Señor de la Cena, que despertó las quejas de Sebastián Santos, hijo, apuntando que la imagen presentaba una técnica secreta de su padre, autor de la imagen que utilizaba como pátina artificial para envejecer a sus imágenes, tal como los gustos del momento demandaban y que en la restauración había sido eliminada y que la apariencia actual del Cristo de los Terceros no era la primigenia de 1955.

Cena Carlos Iglesia

Aquella necesidad se convirtió en demanda, acrecentado con la moda social del veraneo y la conquista de las playas, que cambió radicalmente la manera de pensar del ser humano a comparación de siglos pasados, incluso menos tiempo, porque la opción de la blanca piel como belleza y quizás marcación de la clase estuvo presente hasta hace pocas décadas. Hoy curiosamente, parece que aquél o aquélla que luce un profundo bronceado en verano es un sinónimo de bien estar social y monetario, que puede permitirse estar mucho tiempo descansando sobre las arenas de las playas, incluso el que se pone moreno trabajando en la obra o el campo engaña a sus amigos y allegados con que ha estado en el lugar más paradisíaco de vacaciones. Inclusive se inventan máquinas de bronceado para que las personas luzcan la belleza y por qué no decirlo, el estatus de estar moreno en pleno siglo XXI durante todos los meses del año. Esto llega a los nuevos encargos en los tallares de imaginería, que comienzan a policromar a Dios y su Santísima Madre como en el XVI, XVII, XVIII e incluso el XIX no lo hubiesen hecho jamás, incluso ha deparado en las más románticas poesías y en los más afectuosos títulos de marchas referentes al color moreno de la piel… se imaginan una marcha titulada “Mi Cristo Blanco”… moreno parece siempre quedar más capillita.

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