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Amargura

Mes de noviembre, mes de la añoranza de los que ya no están, mes de la Amargura serena, de la Amargura más dulcificante.

Cada día te acuerdas de él, en cada momento lo tienes presente. Te dio la mano en tus primeros pasos, te enseñó el camino para convertirte en lo que hoy eres. En sus brazos la descubriste, la viste por vez primera, tus ojos se cruzaron con su mirada, poniéndolo a él por testigo aquel bendito día de noviembre.

Aquella tarde no sabías dónde te llevaba, agarraste fuerte su mano y confiaste en él con la inocencia que solo un niño puede poseer. Algo era diferente, y enseguida comprenderías que a partir de ese momento, tu camino estaría ligado para siempre a Ella. Sin darte cuenta y siempre de su mano, llegaste frente a una verja, tras ella, una puerta ojival. Avanzásteis juntos por el pasillo central. Gentío, corrillos charlando, rezos, oración, una nube de incienso inundaba el templo, y de fondo, una marcha sonaba con el justo volúmen para transportarte a lo que meses más tarde estaría por venir.

Mirabas asombrado a cada paso, a izquierda y derecha, querías saber qué reunía a tanta gente allí. “Vamos que te quedas atrás”, te decía. Seguías caminando y sin que te diera tiempo a reaccionar, allí estaba Ella.

Amargura Carlos IglesiaTus ojos no pudieron evitar mirar asombrado los suyos. Preguntabas por qué lloraba, por qué reflejaba tanto dolor, te extrañaba que teniendo tanta gente alrededor estuviera así. Una risa rompió tu concentración, “No es que esté triste, lo que pasa que echa de menos a todos sus hijos que están en el cielo. Ven, acércate, mírala, aunque ahora no lo creas será como tu segunda mamá, te cuidará, velará por ti, te escuchará y te perdonará cuando te equivoques. No estarás nunca solo”.

No sabes por qué, no lo recuerdas ni eres capaz de ponerlo en pie, pero tras esas palabras, sentiste que ya era parte de tu vida, que sería la primera de las muchas veces que irías a visitarla.

Hoy, después de tantos años, esas palabras aún resuenan en tu cabeza y las revives como si fuera ayer.

Ha llegado el día. Llegas a la puerta ojival que tantas veces has visto. Vuelves a recorrer ese pasillo, saludas aquí y allí, “vamos que te vas a perder si te sueltas” . De nuevo estás frente a Ella. Parece que nada ha cambiado. La miras, todo te recuerda a él, a ese día. Sabes que nunca has estado solo, te ha ayudado cuando más lo has necesitado, ha cuidado de ti, de los tuyos y de él, que hace ya un tiempo que no está contigo y al que no olvidas ni un sólo momento.

Hoy, que ha bajado como cada mes de noviembre para dar consuelo y reconfortar a quiénes más lo necesitan, vuelves a pedirle que nunca te deje, que nunca te falte, que siga protegiendo bajo su manto a quién te enseñó a amarla.

En este día que vuelves a tenerla más cerca que de costumbre, giras la cabeza y dices con una voz bajita a una mano pequeña que llevas agarrada “Te diré lo que un día me dijo mi abuelo: aquí está, ella es la Amargura, recuerda que nunca estarás solo, siempre que la necesites estará contigo.”

Dos miradas cómplices y una sonrisa poniéndola por testigo, vuelven a formar parte de tu historia dónde comenzó todo, en San Juan de la Palma.

Alejandro García, Estrella Carreño, Carlos Iglesia.

Acerca de De Nazaret a Sevilla (1997 Artículos)
Redacción

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