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“Amarguras”

Amargura
JUAN PEDRO LENDÍNEZ. El viejo violinista fue a su encuentro cargando sobre sus hombros el peso de sus días y se apostó como cada año a la espera de ver pasar a su musa. Fue en los compases finales, como los de su inmortal partitura, de un tiempo donde a España por fin había llegado la paz, una alianza que dejaba a todos medio contentos, en que unos salieron del escondite de sus miserias y otros pudieron seguir cargando con las suyas. Había pasado tanto tiempo que ya no podía tenerse en pie y una silla de ruedas era lo que lo movía en los últimos días de su vida. Era el domingo de la luz, porque tuvo que tener luz, en su tierra el que más, porque para que salga lo que tenía frente a sus cansados ojos que solo veían en el color de un viejo televisor, los días grises amenazantes de lágrimas del cielo no se conocen en el diccionario de aquellos señores que vestidos de blanco conquistaban la ciudad, en la noche, cuando la luz del domingo se vuelve tiniebla, penumbra y misterio y la ciudad comienza a sentir que ya ha comenzado a dibujarse la gracia paradójicamente con la cara de la amargura… antítesis brutal ¿verdad?

De lejos alguien venia derramando lagrimas bajo el compás de un extraño jardín de vegetación que nacía de la nada oscura con su ser todo enhebrado en oro. Un vergel que caía casi hasta el suelo, como una cascada desciende al abismo, como aquellas lágrimas, como esas otras fundidas emergiendo de la luz infinita que guía su camino y le da color a su tragedia, siempre de vuelta, como le gustaba al violinista… le encanta llenarse de su presencia, de su silueta, del tintineo del oro o la plata divina, pero quizás aún disfrutaba más sacándole partido a los matices que le otorgaba su defecto visual, o quien sabe, quizás virtud para ver lo que los demás no alcanzamos. Le gustaba, sobretodo, verla alejarse con la música que sin duda era el perfecto telón de fondo de sus amarguras… allí sentado, José, que así se llama, junto a su hijo, quizás comenzó a intuir en la lejanía el melancólico principio de aquella música, que llevaba el ritmo de la misma muerte, y recordó los tiempos oscuros que le tocó vivir entre el arco iris que da siempre el amor por aquella joven que conoció mientras estudiaba en el viejo continente y que aquella primera Gran Guerra, la que aún no conocía al diablo disfrazado, tocado de escueto y negro mostacho, como aquel del inmortal bufón del cine mudo, lo hizo volver a su patria que igualmente esperaba la marea de destrucción y sangre que las nuevas tecnologías implantarían en el siglo de las dos “equis”. Fue el principio de su tristeza, como triste empezaba aquella música, más cuando se encontró que aquel primer amor se perdió en el holocausto de un bombardeo y con él, un hijo que nacía con la misma alegría de la música que escribía el pianista.

Amargura Carlos Iglesia

El violinista se ancló en la tristeza, pero tenía un hermano, Manuel, que tocaba el piano y la fama lo agasajaba en unos tiempos que los llevaron hasta la capital del reino. Aquella fama deparó que aquellos hombres de blanco que veía pasar el violinista le encargasen al famoso cupletista algún poema sinfónico para la Reina de sus vidas, les costó la verdad, pero rápidamente lo consiguieron, cuando el padre de ambos músicos les envió unas fotografías de la dulce Señora que los inspirasen y se reencontrasen con la musas… Allí, en su silla de ruedas comenzaría a recordar aquellas vicisitudes, cuando Manuel, que en realidad se alejaba del sentimiento que envolvía a ese tipo de música, delegó en la mano de su hermano la hechura de la partitura. José comenzó a escribir la música que aquellos señores de blanco, de su querida ciudad les habían encargado. Tiempos tristes en contraposición de la vida de Manuel, seguramente como la línea melódica de aquella música.

La oscuridad se cernió sobre España cuando el “veinte” se hacía treintañero, como la tonada de trompetas parece avisar en aquella pieza musical que había escrito y las ideas claras y publicas de un hijo de Manuel hizo que ambos fueran conducidos hacia una muerte segura, pero el hijo saltó de la camioneta y logró escapar, no así, el famoso Manuel que solo intentó salvar la joven vida de su retoño, quedando toda su grandeza mundana reducida en un paredón de fusilamiento a las afueras de Madrid, por la zona que llamaban de Chamartín. Si no tuvo poco el violinista, le llega el trágico adiós de un hermano que era su otra mitad. Acabó la guerra, y donde su hermano murió se levantó un “templo” donde las pasiones del balompié se alzarían a la gloria, de vivencias mágicas para una España que intentaba levantarse de sus cenizas… tanta alegría, que él, quizás nunca llegaría a sentir cuando en el diario leyese las crónicas futboleras recordando que pasó en aquel lugar del emergente Chamartín. Los dos hermanos se querían y respetaban tanto que todo lo que escribían lo firmaban conjuntamente, aunque quedase claro en los registros oficialistas que aquella música llena del ritmo de la muerte estaba escrita por José. Pero el violinista quiso encumbrar hasta tal punto la figura de su malogrado hermano que comenzó a atribuir todas sus genialidades a la pluma de Manuel para que su recuerdo fuese aún más eterno…

Amargura Carlos Iglesia
Todo eso seguramente, en aquella noche, tuvo que pensar José Font de Anta mientras esperaba a aquella Señora, la Madre de Dios envuelta en la más infinita Amargura, siempre de vuelta a San Juan de la Palma al compás de la marcha “Amarguras”, por la que la misma hermandad homenajeó con una placa a Manuel Font de Anta, el autor que nunca hizo la marcha –ni ninguna de las demás- y que el verdadero autor, José, recogió sabiendo que el portento salió de su genio y figura, inspirado sin ninguna duda por la tristeza que se apoderó de su existencia. Nazarenos blancos traspasaban la calle, mientras por delante caminaba el Hijo, maniatado, vestido de blanco, en silencio ignorante ante Herodes y en eso que eligió a alguien del público para que sirviese de enlace con lo que estaba por llegar. Aquel señor, se acercó a saludar al viejo violinista y la imagen que se encontró lo sumió en la más profunda piedad. Sus pasos se encaminaron hasta el final, en busca de la que gira el gesto no queriendo escuchar a “Juanillo” y le pidió al fiscal que arriase el paso de la Amargura ante el maestro, verdadero artífice de la marcha que levanta los repelucos un domingo antes como himno no oficial de la semana de la gracia, la misma que explosiona los sentidos cuando el manto de la Amargura se dibuja entre el azulejo en busca de la calle Feria y para muchos ya comienza la Semana Santa. Seguramente era la última vez, nadie lo sabía pero Ella sí, que escuchó perfectamente lo que aquel hombre le pidió al fiscal, el cual en silencio, siempre en silencio asintió sin terciar palabra… el fiscal ya lo sabía, Ella había tomado las riendas y casi le pedía a su pies más pasos, los justos para que su marcha acabase en el lugar perfecto y volviese a sonar. Aquel palio que lo maravillaba aun sin verlo en su color llegó al son solemne de la caja y la Amargura se volvió capataz y le pidió a juanillo que dejara de darle la murga, que él que estaba más cerca del zanco, se volviese costalero y comenzase a llamarse, y el palio no arrió, sino que se giró en busca del viejo violista que recogió una placa que era suya pero por amor se la entregaba su hermano del alma, pero por amor el de su Amargura, al son de aquella triste música, la Virgen le quiso entregar el homenaje póstumo de ver su cara, envuelta en lágrimas Ella, envuelto en lágrimas él, para decirle que “la próxima vez que me veas, tu música sonará a gloria y ya no veras en mi cara ni tu sentirás más… Amarguras”.

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