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Músicos de pacotilla

En la festividad de Santa Cecilia celebran los músicos su día, aunque en nuestra ciudad tendría más sentido que celebraran su día en San Francisco de Asís por ser patrono, entre otros, de los veterinarios. Ya que, muchas veces, los músicos no tratan con personas sino con animales. Sí, ha leído bien, me refiero al público de pie de calle. Esos animales domésticos que no respetan y nadie los lleva a César Millán, el encantador de caninos. El adiestramiento es sencillo, al sujeto se le aparta de cualquier certamen de bandas y se le pone su película favorita sin banda sonora, solamente con subtítulos. El siguiente paso es llevarlo a ver una cofradía sin acompañamiento musical, antes de que desaparezcan, le sorprenderá porque nunca las ve. Poco a poco el sujeto irá experimentando un respeto hacia el músico que antes desconocía.

Sorprendentemente, el cánido cofrade se irá humanizando, respetando y apreciando un pilar fundamental de ese conjunto de artes religiosas que tanto le gusta. Un arte tan rico que se nos ofrece de diferentes maneras. Algunas veces interpretado por músicos que le dan forma y sentir al andar costalero, otras veces interpretado por el buen público cuando la imagen va acompañada del silencio. De hecho, ese silencio no es fácil de interpretar, sólo está al alcance del público más selecto. En ese caso se trata de un silencio bajo un calderón, que dura hasta que se cierran las puertas del templo. Ello requiere un mínimo de preparación y sentimiento. Es decir, que se aprende y se mama. No estoy en contra que nos visiten de lejos y disfruten con lo nuestro ¡qué mente más retorcida si así fuera! Pero también pienso que no es lo mismo el silencio de cien japoneses atónitos ante algo que jamás han visto, que el silencio de la música que acompaña al Gran Poder. Aunque ojalá fuesen los sevillanos la mitad de cautos que los japoneses. Al público le encanta aplaudir y es lo que mejor ha aprendido, haya nacido en Praga o en “García Morato”, a nadie se le ocurre aplaudir hasta que no ha acabado el solo de corneta. Sin embargo, hace tiempo que ese mismo público ha sustituido ese silencio por una ballesta apuntando al solista hasta que se equivoque, también llamado Smartphone.

Para disfrutar, hay que comprender y para comprender hay que tener unas ideas mínimas. Y qué menos que saber qué se va a ver y escuchar allí. Hasta ahí me puede dar más o menos lástima del panorama, pero no voy a caer en la falacia de criticar la falta de formación, ya que todos no han recibido la misma. Donde clavo el estandarte de “tolerancia cero” es en las dosis de maldad que derivan a la falta de respeto, esos cánidos indomables de los que hablaba al principio. Yo, como un “bufón” más de la fiesta, le quiero pedir este año a Santa Cecilia ese respeto por la música del que carecemos. Muchos se han sentido ninguneados por cánidos que muchas veces se definen como críticos musicales. Esos cánidos no se han preocupado por preguntar o por pararse a observar lo que significa ir haciendo música en las filas. No saben las horas de ensayos, no saben el dinero invertido, no saben que hay chavalillos ensayando todas las noches a cuatro grados en invierno, no saben lo que es estudiar en un conservatorio durante catorce años, no saben los problemas de salud física y emocional que conlleva todo eso. En definitiva, no saben nada y tienen mucho que aprender. Ya que la estupidez humana se combate leyendo y la estupidez cofradiera se combate con respeto y cultura. El músico ofrece su sentir y su trabajo a cambio de nada, no pide que le pongan buena cara ni que le aplaudan, sólo quiere respeto. Del mismo modo que nadie llega a una frutería a ningunear al trabajador y ponerse a escupir los productos que vende.

No es poco frecuente que la cría de uno de esos cánidos toque la trompeta de juguete en el oído del músico mientras va tocando, pero… disculpen olvidaba que los niños están por encima del bien y del mal, además se pueden frustrar si los padres le mandan a callar y así romperían sus inquietudes. También están los guardaespaldas del artista, que acompañan a un músico durante el recorrido escoltándolo, no sé de quién, y estorbando al compañero que va detrás. Esta raza de cánido es muy común y, aunque entorpecen a la formación, están bien vistos, lo que tiene pena de cárcel es que el chaval o la chavala del uniforme se salga media hora a cenar a un bar -¡Oh my God! ¡Un músico descansando después de “una pechá” de horas dónde vamos a llegar!- Otro cánido que me encanta es el típico que se cruza por medio dando codazos, abunda más en las bandas de palio por eso de que él decide cuándo ha terminado de pasar la cofradía, y nunca tienen el tiempo necesario para esperar a que pasen las cuatro filas que quedan.

Habría que hacer un estudio sociológico de los por qués de no esperar a que termine de pasar la cofradía del todo ¡con lo bonito que es ver cómo se pierde un palio a lo lejos! Pues no contento con pasar por medio, el energúmeno se mosquea si se le pide que no rompa la fila ¿culpable?, la banda que es de un pueblo y todavía no se han enterado que en Sevilla hay que morir y si la banda es de la capital peor, porque te recordará que él conoce a una banda de EEUU que está deseando tocar aquí y va a empezar a mover hilos, así que chitón. A ese personaje se le reconoce fácilmente porque tiene aires de sheriff, el ombligo del ombligo, y como el músico le lleve la contraria está perdido. -¡Señora va usted muy mona y su niña también pero es difícil tocar con un carrito en los tobillos! Comprenda que no son ganas de molestar pero… vale ya me callo y sigo tocando cuan disco de gramola.- Después está el gracioso que se pone a hacer comentarios despectivos sobre los músicos, con el fin de que lo escuchen y logre tener su minuto de catedrático liendre, porque no es la misma banda que acompaña a su Cristo o a su Virgen y además esta banda ya no es lo que era. Yo pienso que el único que le puede echar la pata a este personaje en el trofeo de “The most carajote” es el amigo que le escucha y afirma con la cabeza. -¡A esta gente los vamos a poner verde en los foros y se van a enterar!- Fomentando así el odio y el “paganismo barriero” porque ellos son exclusivamente de su devota imagen, su barrio y su banda. -¡Un músico de pacotilla pidiéndome paso “tesquiyá”! ¿No sabes que yo conozco a fulano?- Este otro cánido suele ir pegado a una silla portátil, ese arma de destrucción hortera que es como la palabra ‘Casa’ en el juego del pillar -¡yo tengo silla así que se siente!- Y podría estar enumerando una lista interminable de cánidos que deben ir al encantador. Todos estos cánidos tienen una característica en común, que son sevillanos. Que nadie dude que a nuestra semana grande la hace tan grande gente de aquí y gente de fuera, pero los que la destruyen son sólo “canis lupus sevillanis” (juro que lo de canis es pura coincidencia con el lenguaje científico).

Después de todo lo que tienen que soportar, la mayoría de los músicos no suelen perder los papeles, porque tienen bien claro lo que significa su uniforme de trabajo de artista como en ningún otro trabajo. Desgraciadamente, seguiremos siendo “los músicos de pacotilla”, “los bufones” o “las gramolas humanas”. No tire hacia lo cánido y la próxima vez tenga su pequeño gesto humano cuando se cruce con un músico, seguro que él o ella se lo va a agradecer. El gesto es muy sencillo y se llama respeto. ¡Feliz día de Santa Cecilia!

“Siempre es más valioso tener el respeto que la admiración de las personas” (Jean-Jacques Rousseau).

 

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