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La espalda de Baltasar

“Qué ganas tengo de verle la espalda a Baltasar”. Esta frase, por simple que parezca, resume la filosofía de vida de nuestro protagonista, que aunque sea imaginario, vamos a ponerle un nombre por aquello de humanizarlo. Digamos que se llama Manuel.

Nuestro Manuel es un cofrade de esos que no conciben que una banda de cornetas pueda tocar por Michael Jackson, de hecho cada vez que lo oye de boca de uno de sus amigos de tertulia piensa para si “Valiente aberración, donde se ponga Escámez…”. Manuel es de los que antes de que se enciendan las primeras luces de la Avenida de la Constitución está deseando ya que llegue el 7 de enero. Supera con estoicidad las cenas y comidas de empresa, incluso hace como que disfruta tomándose las 12 uvas, y suelta a ritmo de campanada….”qué ganas tengo de verle la espalda a Baltasar”.

Nuestro amigo, casado en la Iglesia de su hermandad de toda la vida, tiene un hijo de 6 años al que vamos a llamar Jaime, y que como niño que es quiere disfrutar como loco cada uno de los segundos de las vacaciones, pero sobre todo ver la cabalgata de Reyes. Por suerte, los esfuerzos de Manuel por bloquear la entrada de Papá Noel en casa están dando sus frutos, aunque se repita una y otra vez lo mismo…”qué ganas tengo de verle la espalda a Baltasar”.

Hacía unos días que la Nochevieja había quedado atrás y se acercaba la fecha más crítica para la relación entre Manuel y Jaime. La Cabalgata.

Nuestro dilecto padre, que se pasa el año intentando que a su criatura le de por gustarle algo de López Farfán, que lo sienta a ver a García-Rayo o que incluso le comenta que tal hermandad está a punto de cambiar de capataz, ve como año tras año su hijo no pide ni un DVD de Momentos Cofrades ni muestra el más mínimo interés por saber qué día sale alguna Hermandad, únicamente juguetes que montar con infinitas pegatinas que poner. El terror de cualquier adulto.

Teresa, la mujer de Manuel, había estado guardando con mimo desde el puente de la Inmaculada la carta que Jaime había escrito para los Reyes, porque en ella había algo que nadie se esperaba, ni siquiera ella misma, y había hecho una lista “b” con el resto de peticiones de Jaime. Juguetes con pegatinas y mas montajes que un salón del IKEA.

Y llegó el día 5. A las 6 de la tarde fueron corriendo los tres a ver la Cabalgata de Reyes. Después de estar casi una hora intentando buscar un hueco donde dejar el coche (por supuesto a ritmo de Arahal), consiguen situarse en primera fila cargados de bolsas para los caramelos. Empezaron a pasar caballos, carrozas, beduínos y bandas tocando villancicos y versiones de canciones de moda y nuestro Manuel, resignado participante, seguía con su misma retahíla mental: “qué ganas tengo de verle la espalda a Baltasar”. Pero entre caramelazos, empujones y alguna que otra discusión se percató de un sonrisa pícara en el rostro de Teresa. No sabía lo que era, pero estaba claro que algo había.

Llegaron a casa y a la mañana siguiente, Jaime se encontró con una montaña de paquetes envueltos, que fue abriendo a una velocidad récord. Donde el niño veía horas de diversión, Manuel solo veía horas de montaje y pegatinas, muchas pegatinas.

Entre Teresa y Manuel se hacían pocos regalos, la economía no permitía muchos lujos y al fin y al cabo, se tenían el uno al otro y eso era más que suficiente. Un bote de colonia era este año. Pero el mejor regalo estaba aún por venir. Teresa, le dio un sobre pequeño, lo abrió y dentro estaba la carta que Jaime había escrito. Empezó a leerla sin entender el por qué estaba ahí si era igual que todos los años mientras veía los ojos vidriosos de Teresa, pero llegó al final y el corazón se le paró. En la última línea aparecía con letras de caligrafía “y una túnica de nazareno para salir con mi padre”.

Ese día, Manuel realmente había deseado verle la espalda a Baltasar, pero sin saber que el mejor regalo de este año iba a ser para él. En su mente inmediatamente se organizó el planning perfecto para hacerle la túnica, comprar el esparto y las sandalias. Se vio entrando en la Casa Hermandad con su hijo para sacar la papeleta, yendo juntos a la Iglesia de la mano vestidos de nazareno y hacer el recorrido juntos, que iba a pedir salir en su tramo. Teresa, ese año no había comprado roscón de reyes, a escondidas había hecho torrijas en casa de una vecina. Y por un momento, Manuel olvidó las pegatinas.

Malco.

Foto: Sevilla Directo

De Nazaret A SevillaAutor: De Nazaret A Sevilla Redacción.
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