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Mirror, mirror

Llegó la primavera, todo está listo. Los pasos montados, las flores puestas, los hábitos planchados, la ropa del Domingo de Ramos elegida, el tiempo demasiado mirado y los nazarenitos de la confitería La Campana anunciando lo que Sevilla espera desde la mirada soñadora del niño que está al otro lado del escaparate. Llegó la primavera y con ella la semana más esperada. La Semana con mayúsculas, bueno como es algo más de una semana llamémosle Fiesta Grande, aunque tampoco es una fiesta en sí… llamémosle Año Nuevo, Post-Cuaresma… llamémosle como queramos, pero no nos olvidemos de lo que es. Y para saber lo que es, deberíamos saber lo que no es, o por lo menos no debería ser, siendo conscientes de ello. Vamos a ayudarnos de los espejos de “Luces de Bohemia”, que son los mismos espejitos del paso del Santísimo Cristo de la Coronación y el mismo espejo en el que se mira un costalero y pregunta: “espejo, espejito, dime quién es el más bonito”. Esos espejos que son capaces de mostrar por un lado, lo abstracto de la ilusión y, a la vez, lo más grotesco de la figura humana. Porque Sevilla no es solamente la pintura de Murillo, también es el esperpento de Valle-Inclán en la mañana gris agallegada. -¿Qué ruta consagramos?-, repetía Max Estrella a su amigo Don Latino de Hispalis. –El camino más corto hacia el templo-. –Pero… ¿Eso no es nada más para las hermandades de negro?-

Sevilla ha llevado por bandera su romanticismo y su vintage, aunque la realidad tenga poco que ver con ello. Es verdad que el donjuanismo y la picaresca siguen presentes en lugares como el real de la feria, haciendo eco del arraigo a nuestras costumbres. Pero muy compaginado con lo Kitsch, que crea un matrimonio perfecto con la Guasa. La Semana Santa no se iba a quedar atrás en esto, ya que es un pilar fundamental de nuestro compendio cultural. Todos sabemos que hay partes de nuestra Semana Grande que no son tan románticas como se anuncian cada año en el pregón. Todos conocemos las carreritas, los retrasos, los trajes de chaqueta blancos, los selfies de penitencia, los místeres costaleros, las piratas del Caribe y un largo etcétera de “idiosincrasia”. Hay quien opina que hay cosas nuevas que ya son parte de nosotros y hay que aceptarlas como nuestras, otros quieren combatirlas. En cualquier caso, los espejitos nos muestran una realidad por la que no hay que sufrir, sino prepararse para algo peor. Por ejemplo, yo estoy preparado para asimilar que dentro de unos años, un alcalde chino le vea negocio a esto y ponga una entrada para picar en cada una de las puertas de la ciudad. Eso sí, con un cartel muy kitsch que ponga: “Welcome to Seville, something amazing happens!”. La gente lo votará porque será el primer alcalde que prometerá que no va a llover en Semana Santa ni en Feria, como en las olimpiadas.

Lo importante siempre será el poco tiempo que queda para la próxima Semana, la producción de torrijas y el solo de corneta. Al menos eso nos dicen los espejos, solamente hay que mirar esos espejitos llamados redes sociales. El cofrade piensa que la esencia es una banda que está de moda y que lo importante está en la forma de andar del paso. Es verdad que hay un gran trabajo debajo y detrás del paso, pero… ¿Nos hemos planteado qué es lo verdaderamente substancial? Tenemos un papel imprescindible entre el tumulto del público, una interpretación personal que nadie puede hacer por nosotros. ¿Nos hemos parado a pensar qué ven los espejitos del paso del Valle? La esencia es lo que hace que un ser o un objeto sea lo que es, quizá llevemos un tiempo centrándonos demasiado en el exterior. El secreto, como diría el Principito, no puede ser más simple: solamente con el corazón se puede ver bien, lo esencial es invisible a los ojos.

Nos hemos centrado en mejorar lo extrínseco, que siempre hace falta, pero no en comunión con lo significativo. Incluso así, avanzamos muy lento y poco. Los programas de mano siguen teniendo sus favoritos, reflejados en la forma de contar las cosas. El poderío se refleja en los horarios cumplidos o no, que se traduce en los “ceda el paso” que hay en la Campana. Las marchas mejoran por un lado pero seguimos, por otro lado, con el cajón y la guitarra para dar lecciones de lo que no es una marcha. No sabemos callarnos cuando hay que hacerlo, ni mucho menos sabemos cómo se llaman los instrumentos y las voces que acompañan a algunas hermandades de silencio. Conocemos algo del patrimonio de las hermandades y de nuestra cultura en general, pero con lo único que nos hemos quedado es con ir en contra de lo que inevitablemente evoluciona, sobre todo en los carteles. De modo que nos hemos centrado en lo exterior pero tampoco sabemos muy bien qué percibimos a través de los sentidos o no nos interesa saberlo. Toda esa realidad tan deforme es la que ven los espejitos. Es cierto que también ven las miradas de Fe, el silencio y los vellos erizados. Ese poder solamente lo tienen los espejitos… que lo mismo ven un ojo patio lleno de sillitas de plástico y cáscaras de pipas, que un arcoiris de sensaciones. Nada es incompatible, pero para entender el significado real de lo que ocurre en ese preciso instante es necesario mirarse en esos espejitos que, más allá de la fachada, nos muestran lo que realmente vemos.

¡Llegó la primavera! Busquen sus espejos para cuidar la esencia con mimo y… ¡Sueñen! Lo primero que muestran los espejitos es la estética, pero miren mejor para no quedarse solamente con lo efímero.

Ah, y lo del chino llegará.

«Al mundo de hoy le falta llorar, lloran los marginados, lloran los que son dejados de lado, lloran los despreciados, pero aquellos que llevamos una vida más o menos sin necesidades no sabemos llorar” (Francisco I).

Alejandro Arcas Orozco

De Nazaret A SevillaAutor: De Nazaret A Sevilla Redacción.
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