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¡Qué nos tema a nosotros! (II)

La Espera Se Ve

Moisés Ruz | “No podemos girar el fundamento de la noche por el deseo de ese malasangre”.

Si bien la pasada semana comenzábamos a señalar con el dedo a ese niño maleducado que la próxima Madrugá cumplirá 18 años, en esta ocasión debemos comenzar a tomar en consideración todas aquellas debilidades que en ningún caso debemos mostrar.

No podemos girar el fundamento de la noche por el deseo de ese malasangre. No, no es nuestra condición modificar lo que los siglos expusieron al mundo por el ‘miedo’ a la réplica. La Madrugá es la noche donde la luna es un sol que ilumina a la Macarena cuando los relojes marcan las 00.00 horas. Un sol que apunta al rostro del Gran Poder sobre el crujir de San Lorenzo a partir de la una. Un reflejo de amor que llena de luz un puente cuando Triana se mira en el espejo de su Esperanza. No es la solución llevar a la Madrugá a las primeras horas del alba, porque perderíamos tantos momentos como sueños que guardan nuestra añoranza.

No podemos tender sobre el centro un campo de minas. No es nuestra condición social alzar arcos de vigilancia extrema, ni megafonía que promulgue nuestro ejemplar saber estar. Porque el sevillano sabe estar, siempre lo supo, y comenzará a saber que no hay que huir de aquellos que quieren reventar nuestra Semana Santa. Será el sevillano el que castigue a este niño gamberro; será el que le ponga la cara ‘colorá’ cuando pretenda volver a patalear.

No podemos tampoco permitir lo que desentona en nuestras calles. No es el foco de los hechos, pero quizás sí la raíz de la permisividad. No es nuestra esencia plantar una mesa playera en plena Sevilla y llenarla de tortillas y filetes como si de un Carranza se tratara. No es el gen cofrade jugarse los cuartos a las cartas mientras los palios saborean el sabor de los naranjos. No es Sevilla una tetería de especializadas cachimbas cuando Dios promulga por nuestras calles el sentido religioso y teológico de una celebración donde sólo la fe tiene cabida.

No podemos torcer nuestros brazos y servirle al niño que llora el pecho de la madre sólo para que duerma un rato. Este problema ha alcanzado su epílogo porque ahora es Sevilla y sus sevillanos los únicos capaces de silenciar el llanto atronador que aún nuestros oídos conservan tras el pánico padecido. Ahora somos nosotros los que tomamos su mandato. Ahora somos nosotros los que, sin cambiar ni un ápice de nuestra herencia, tenemos que comenzar a cortar el patrón de un público cofrade que vuelva a llenar de pasiones, sentimientos y oraciones, las calles que nuestros padres, nuestros abuelos, nuestros antepasados, fueron alimentando con el único aforamiento exigido: el saber estar y comportarse cuando en Sevilla es Semana Santa.

Acerca de De Nazaret a Sevilla (1955 Artículos)
Redacción

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