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Una vida en doce meses

Editorial

Como un libro en blanco, así vuelvo a comenzar a escribir la historia de mi vida que se repite como cada principio de año. Sin saber que pasará, sin llegar a adivinar qué puede ocurrirme. Con expectativas, con anhelos de lo que está por venir, siempre esperanzado en que todo mejorará y cambiará. Así vuelvo a sentarme a narrar esta hoja limpia que irá tomando forma como el propio ciclo de la vida.

Recuerdo que en mi niñez, la inocencia y las ganas no me faltaban. El deseo se apoderaba de mí con una curiosidad innata en esos infantes que como yo, querían descubrir un mundo aún por explorar. Era pequeño y todo me parecía inmenso, como ese tiempo preparatorio que va anunciando en las calles de mi ciudad, con el estallido de la flor del naranjo y su aroma, lo que aún no sabía que iba a pasar y que iría descubriendo con el paso de los años, aquellos días que me enseñaron que se llamaban Cuaresma.

Yo sólo veía carreras en mi hermandad, gentío día sí y día también. Cultos, traslados, besapiés y besamanos. Todo deprisa y corriendo en mi casa, convertida en aquellas fechas en ‘La Casa del Cofrade’. Túnicas, escudos, capirotes y botones cosiéndose…muchos botones.

Los días seguían pasando y en mi interior un nerviosismo, que no llegaba a entender, iba aflorando. Llegaba el día que acudía a verlos y allí estaban, en sus pasos. Una imagen que no me dejaba salir de mi asombro y que aún seguía sin ser consciente de lo que significaba. Mi túnica ya estaba planchada, aquellos botones relucían como galones sobre un blanco inmaculado, pero aún me faltaba lo más importante, aquel papel que acreditaba que volvería a coger mi cirio un año más. Y así, casi sin apenas darme cuenta, llegaba mi padre el día de marras con mi papeleta de sitio.

Iba haciéndome mayor. El camino que recorría de la mano de mi padre, comencé a realizarlo solo, ¡qué mayor me sentí en aquel momento!. Mi uso de razón iba creciendo, como yo, e iba comprendiendo lo que años atrás me parecía un mundo.

No olvidaré nunca aquella Semana Santa en la que salí a ver cofradías por primera vez solo con mis amigos. Exploré un terreno desconocido, me atrevía a meterme en los callejones más estrechos, a soportar estóicamente más de dos horas a pie parado. Así me enamoré por primera vez. Me enamoré de aquella canastilla en una revirá, de esa bambalina que se movía a los sones de una marcha de Pedro Morales, del racheo que enmudecía a su paso una calle abarrotada de público.

Pasó la mayoría de edad y descubrí el amor, no hacia la Semana Santa, sino hacia esa persona que elegí para recorrer las calles cuando mayo nos llena de luz, con la que compartir Salud, Alegría y poder pasear en silencio y en penumbra por las calles de la Sevilla que parece hecha a base de confesiones y sonrisas nerviosas.

La madurez me llevó a experimentar la tristeza de la ausencia. Esa que te llena el alma de recuerdos de quien ya no está, de aquel que durante tantos años apretó mi mano en las bullas y sin el que hoy nada sería lo mismo. Al igual que un otoño en el que la oscuridad puede con la luz y que solo la mirada de una Virgen sonriente nos hace sentir que pese a la pérdida, aún sentimos su Amparo.

Y aquí nos encontramos de nuevo, contando los días hacia atrás como esos almanaques de cartón, en los que el paso de los años va haciendo mella en sus esquinas, pero que nos sirven para ver que el tiempo se acerca, y que pronto podremos poner el epílogo a nuestro libro en forma de ‘000’, mientras nos arreglamos para ver nazarenos blancos por el Parque de María Luisa.

Empezamos.

Alejandro García, Estrella Carreño, Carlos Iglesia

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