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La tómbola de la Esperanza

¿Y si Triana fuese el cielo del que todos hablan? ¿Y si este río fueran las fronteras de los milagros que bucean por las aguas benditas del mundo? ¿Y si un puente de barcas que ya cruzara La O en aquella fulgurosa madrugada fuera la frontera que separa lo divino de lo humano? Y si es Triana…

No lo descartes. Pero no la promulgues sin lo que fue, ni lo que es. No escondas sus oscuros rincones, ni tapies aquellos agujeros que aún hoy perduran sobre encaladas casas. No pretendas vestirla siempre de flamenca, aunque lo sea, ni brindarle una faena de elegante maestranza.

Porque si hay una tierra, una frontera que circunde la esperanza, esa nunca obviaría los retales de un vestido roto. En todo caso, cogería el fino hilo y la creyente aguja para arreglar el destrozo del hombre que, a fin de cuentas, siempre cree redimir sus culpas.

Porque si paseas por Triana no dejes de atravesar por la humildad del Carmen o el Tardón. No mires de reojo si en San Martín de Porres, a los pies de nuestra Sentaíta salesiana, te chocas con personas indigentes que refugian sus dolores entre cartones de vinos y litros de cerveza. Y si vienes por San Jacinto, acércate hasta el Zurraque. Allí hay personas que lavan sus vergüenzas en una insalubre fuente cuando cae la noche. Y si amanece y sacudes la manta que te resguardó del frío sobre aquel gélido banco, camina hasta la Aceitunera y comprobarás como el hambre condena a centenas de familias que jamás creerían que harían cola a las puertas del aquel celestial supermercado de las monjas del Rosario.

Y por el Cachorro, el deseo del hombre de generar un nuevo proyecto de vida. Y por Ardilla, el centro de orientación que tantas familias reclaman. Y por el Buen Aire, la añoranza de aquel costalero vivo que fuera el padre Leonardo y que levantó al cielo de Triana a cientos de enfermos que aliviaron sus pesares con su cristiana ayuda.

Y no te vayas tan lejos. Mira aquí dentro. Allí, tras aquel portalón de madera de la parroquia de Castilla, cada lunes hay una hilera de mujeres, que como tantas, luchan por proteger el retoño que en su vientre florece. Pero ellas nada tienen, ni recursos ni consuelo, pero si Triana es el cielo seremos los primeros en tender nuestras manos para llenar de Esperanza y Vida a toda aquella embarazada que lo reclame.

¿Cómo ayudar? Muy sencillo. Tan básico como regalar sonrisas en una velada «lamar» de agradable. Desde este jueves y hasta el próximo ve, participa y colabora en la fiesta de La O en el paseo que lleva su nombre. Y que alcanzará los 34 años de una herencia que sigue siendo el espejo de un barrio en el que Triana enseña sus dos perfiles y que hoy por hoy es el corazón del niño que late en el seno de toda mujer.

Ayudémoslo a nacer. Sintamos que nada es imposible en la Tómbola de la Esperanza.

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