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Cuando la Amargura baja

La ciudad tiene su calendario heredado. Por eso, cada noviembre, la Amargura desciende hasta el suelo para encontrarse con sus hijos. Esencia pura de clasicismo y de barrio.  San Juan de la Palma en estado puro. La nostalgia de la foto del cajón. Humana y amarga: el dolor hecho imagen. Lo saben las ancianas de la calle Feria que cada mañana entran a ver a su Virgen en esa eterna conversación con San Juan. Lo saben los jóvenes, que han heredado el amor que Sevilla le profesa a la Amargura. Lo saben también los de fuera, que hablan de ella con la misma melancolía con la que Juan Manuel Rodríguez Ojeda le bordó esa catedral del dolor sobre la que cada Domingo de Ramos cumple su compromiso por las calles de la ciudad. También lo saben quienes la ven marcharse, y es ahí cuando uno empieza a ver que todo tiene su final. Y su principio.

El besamanos que cada año pone punto y final al tiempo ordinario es un ritual que abre y cierra un ciclo. El mismo ciclo de la vida. Antesala del Adviento y epílogo de un tiempo que lo celebró todo. Noviembre de Amargura para recordar a los que ya no están. Noviembre de tardes lluviosas y dolores en el alma. Como las hojas de otoño, el calendario también se cae para dar paso a un tiempo en el que Ella seguirá siendo la Virgen del nombre arrebatado. De la conversación ausente y de la mirada cristalina. Romperá a llorar, pero antes dirá No me llaméis Noemí, sino llamadme Mara; porque en grande amargura me ha puesto el Todopoderoso (Rut 1:20). La que acogió el discípulo amado en su casa. Nunca la abandonó, y esta es la única vez en el año que no aparece la Virgen junto a San Juan, porque está con quienes estos días han ido a visitarla para besar su mano y ver sus ojos. Los mismos ojos vidriosos que Santa Ángela miraba al rezar, o que Santa María de la Purísima contemplaba cada Domingo de Ramos desde la Casa Madre de las Hermanas de la Cruz.

Un altar efímero y sobrio ha acogido uno de los besamanos más esperados y numerosos de la ciudad. Este año, con la novedad de haber puesto el canasto del antiguo paso del Señor del Desprecio de Herodes, recién restaurado y cedido por la Hermandad del Rocío de Triana. Ese canasto, conocido popularmente como el Acorazado Potenkim fue el paso del Señor de 1911 a 1919. Nadie conoció ese dorado que ahora brilla, pero la presencia en el altar une a generaciones de hermanos que escucharon hablar de él. Memoria e historia de una hermandad que goza de un sello tan particular como único. Los días de noviembre son siempre una oda al tiempo nuevo que se avecina, y el requiem por el que se va. Y siempre en la memoria, quienes hicieron de la Amargura la cofradía que hoy es. Culminarán los días de encuentro y gozo con la Santa Misa que a las 20h conmemorará el  LXIV Aniversario de la Coronación Canónica de María Santísima de la Amargura, la primera dolorosa en ser coronada. A cargo del M. I. Sr. D. José Juan Jiménez Güeto. Será ahí donde de nuevo el calendario que marca las horas de San Juan de la Palma se pondrá a cero. Y todo habrá pasado para que vuelva a pasar.

Fotografías: Manuel Jesús Pérez Martín y Benito Álvarez.

About Alberto Espinosa (39 Articles)
Redactor en De Nazaret a Sevilla. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid. Periodista. Twitter: bertieespinosa.

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