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Aquellas miradas

Pensaba aquel niño que fuiste, hace ya muchos años, que la Navidad era un periodo de luz y alegría. Tenías vacaciones en el colegio, disfrutabas de más tiempo para poder jugar con tus amigos y se juntaba toda tu familia, algo que no ocurría en ninguna otra época del año. Sin duda, la Navidad era un periodo especial y bonito. Al final de la misma venía tu día, ese donde la magia convierte los deseos en ilusión. Habías estado todo el año portándote bien para ese día. El 5 de enero te ibas a la cama temprano, pero tardabas en conciliar el sueño. Los Reyes no te podían fallar… y no te fallaban. Recuerdas perfectamente la mirada de tus padres ese día.

En estas jornadas vienen a tu mente como eran las reuniones de Nochebuena, ¡cuánta gente eráis! Estaban tus primos, con los que jugabas en aquella habitación apartada de toda la muchedumbre. De fondo se oía a tus tíos, contaban el mismo chiste cada 24 de diciembre, pero seguían haciendo a reír a toda tu familia. Después de la comida se empezaba con las guitarras y los villancicos, lo mismo año tras año, hermosa rutina que ahora se clava como puñal de recuerdo en tu corazón. A las doce menos diez los abuelos mandaban ponerse los abrigos y las bufandas. El trayecto hacia la misa del gallo se convertía en manifestación de jolgorio para tus primos y para ti. Con suerte ese año había nevado en el pueblo y jugabais a tiraros bolas de nieve, un elemento extraño para vosotros, el mejor de los juguetes que la naturaleza os podía dar. Los abuelos nerviosos decían “Niños, tened cuidado, que os vais a hacer daño”, pero no se resistían a sonreír, porque tu felicidad era su gozo. Recuerdas perfectamente como ellos te miraban.

El día 31 el ritual era parecido, estaban prácticamente las mismas personas que siete días antes, pero ahora no había misa del gallo, lo que la tradición indicaba era tomarse las uvas a las doce de la noche. Tú cogías las tuyas y mirabas de manera nerviosa a unos y otros, para ver cuando había que empezar. Alguien decía que todavía no, que eso eran los cuartos. A los pocos segundos se oía “¡Ahora!”, entonces te entraban las prisas, no querías fallar, había que comérselas todas. Una vez terminadas empezaban los besos y abrazos. Recuerdas perfectamente como te miraban todos al darte el beso.

Ahora, en ocasiones, en estas fechas te vienes abajo. Echas en falta a los que ya no están, darías tu vida por poder verlos a todos juntos otra vez, aunque fuera solo una noche. Volver a sentir esa caricia, esa risa o ese gesto de complicidad. Son fechas donde la luz y la alegría se transforman, casi irremediablemente, en nostalgia y tristeza. No hay elección, estamos obligados a entender que la vida es eso, llorar las pérdidas y alegrarse por los nuevos integrantes de la familia. Hoy tú estás al otro lado de la mirada, no defraudes a los ojos del niño que esté a tu lado. Él recordará ese mirada toda su vida y tú, en ella, te reencontrarás con todos los que rodeaban a aquel niño feliz que fuiste.

About Agustín López (202 Articles)
Opinión en De Nazaret a Sevilla. Autor del blog El Preste. Geógrafo. Hermano de Santa Cruz. Twitter: @elpresteblogspo

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