El Domingo de Ramos: palmas y olivos en la entrada de Jesús
El Domingo de Ramos abre la Semana Santa con una imagen que los sevillanos llevan grabada desde la infancia: las plazas llenas de familias que caminan hacia los templos con ramos recién cortados, el perfume verde de los olivos y el murmullo de los niños que aún no terminan de entender por qué se alegran tanto. Es la jornada en la que la liturgia y la calle se dan la mano, y en la que Sevilla entera se prepara para recibir a Cristo como lo recibió Jerusalén hace dos milenios. Cada palma y cada rama de olivo es un pequeño gesto que une el hogar con la parroquia.
La mañana tiene algo de fiesta y algo de solemnidad, una mezcla que solo se comprende desde dentro. Los pequeños corren delante con sus palmas casi tan altas como ellos, mientras los mayores se apresuran hacia la parroquia. Sevilla entera se viste de primavera y de fe, con el aroma de los campos cercanos y el eco de las campanas.
Para comprender esta jornada conviene atender a sus símbolos, sus sonidos y a las personas que la hacen posible. A lo largo de estas líneas recorreremos el sentido de las palmas y los olivos, la bendición en el templo, la música que acompaña la procesión y los oficios cofrades que sostienen el día desde el amanecer.
El lenguaje sagrado de palmas y olivos
Las palmas y los olivos no son adornos: cada uno remite a una historia que la liturgia cristiana ha cuidado durante siglos. La palma evoca el triunfo y la victoria, y fue el símbolo con el que los habitantes de Jerusalén recibieron a Jesús a su entrada en la ciudad. El olivo, en cambio, es el árbol mediterráneo por excelencia, cargado de resonancias bíblicas como el monte de los Olivos o la oración en Getsemaní.
Cuando un sevillano lleva su ramo al templo, está expresando un saludo que se repite desde hace veinte siglos, una manera de decir "hosanna" con las manos llenas de verde. Por eso muchas familias conservan la palma bendecida de un año para otro, detrás de una imagen venerada o colgada en la entrada de casa.
Los símbolos que conviven en este día configuran un lenguaje propio. Los más significativos son:
- La palma trenzada con paciencia, que recuerda el dominio del cuerpo en la oración.
- El ramo sencillo de olivo, que une al fiel con la tierra y el paisaje.
- La palma cruzada en el centro, símbolo del triunfo de Cristo sobre la muerte.
- El agua bendita que se reparte al final, como cierre simbólico de la jornada.
Cada elemento podría parecer menor por separado. Juntos forman un vocabulario que los sevillanos entienden sin necesidad de explicaciones.
La bendición de los ramos y la salida del templo
La jornada suele comenzar con la bendición, un acto sencillo en apariencia pero cargado de emoción. Los fieles se congregan en el atrio o en el interior de la parroquia, según la costumbre de cada templo, y sostienen sus ramos a la espera de que el sacerdote o el diácono los rocíe con agua bendita. Es un momento de bullicio contenido, de abrazos recuperados y de fotografías junto a los más pequeños de la casa.
A la bendición le sigue, en muchas parroquias sevillanas, una breve procesión claustral o una vuelta por el entorno del templo. Los niños, inseguros de dónde colocar las manos, levantan sus palmas imitando a sus mayores. Quienes crecieron entre estas celebraciones contemplan la escena con ojos renovados y rememoran su propia infancia.
Para quienes se acercan por primera vez conviene recordar que la bendición no es el final del acto, sino su apertura. Después, cada familia vuelve a su casa o se suma a los itinerarios cofrades que comienzan ese mismo día. La palma bendecida viajará con ellos a lo largo de toda la semana.
Del evangelio a la calle: la entrada de Jesús
El Evangelio que se proclama en la liturgia de este día no es una lectura cualquiera. Narra la entrada de Jesús en Jerusalén montado en un asno, aclamado por una multitud que tendía sus mantos y agitaba ramas de árboles. Sevilla ha hecho de ese relato una experiencia vivida, trasladando el texto sagrado a las plazas, a las calles del Arenal o de la Alfalfa, a fachadas que se convierten en escenario de una fe andante.
Las hermandades de la Borriquita son las encargadas de actualizar esa narración. La imagen de Cristo a lomos de la pollina avanza entre palmas reales y olivos domésticos, y los nazarenos portan ramos a juego con los fieles anónimos. La frontera entre el texto bíblico y el presente se vuelve porosa, y muchos cofrades terminan el día con la sensación de haber pisado el mismo suelo que los discípulos.
Quien desee profundizar en la riqueza litúrgica puede recurrir a recursos litúrgicos, donde se ofrece un valioso acompañamiento para entender los gestos que se repiten en los templos. La solemnidad de la entrada en Jerusalén no se entiende sin la lectura reposada de los textos que la sustentan.
El Domingo de Ramos en Sevilla: una liturgia de barrio
Sevilla vive esta jornada como un acto colectivo y profundamente local. Cada barrio recibe a su hermandad con preparativos que llevan semanas fraguándose: las macetas para adornar las esquinas, las carpetas de damasco rojo en los balcones, las ventanas abiertas para que entre el aroma del incienso. La ciudad entera se viste con la dignidad que reserva para las grandes solemnidades.
El calendario cofrade sitúa en esta mañana a varias hermandades de especial arraigo. Algunas de las más queridas son:
- La Borriquita del Cerro, que sube desde Triana con un cortejo cercano.
- La Pollinica de San Vicente, una de las más antiguas en realizar esta estación.
- La Hermandad de la Cena, cuya cofradía representa el momento que precede a la pasión.
- La Borriquita de la Amargura, que cierra la jornada con un discurrir recoleto.
Esta es también una jornada de reencuentros. Familias que viven fuera vuelven a Sevilla, y primos que solo se ven en Semana Santa comparten balcones y almuerzos. La procesión es un pretexto para sostener los vínculos que el resto del año podría haber aflojado.
Bandas, cantos y el compás que marca la procesión
La música ocupa un lugar central en la mañana. Las bandas de cornetas y tambores, y las agrupaciones que acompañan a los pasos, no solo suenan: interpretan el latido de la cofradía, ese pulso que los costaleros sienten en la cervical antes de cada levantá. Cada marcha elegida es una declaración de intenciones, una manera de decir qué hermandad habla y de qué modo lo hace.
La elección del repertorio no es casual. Muchas hermandades reservan para este día marchas que llevan años sin sonar, piezas que solo afloran en fechas señaladas. Es frecuente escuchar composiciones clásicas junto a marchas contemporáneas que ya forman parte del imaginario colectivo. Para conocer el legado que estas formaciones mantienen vivo, resulta muy interesante acercarse al repertorio clásico que cada año resuena por las calles.
Cuando la última banda se aleja, queda la sensación de haber asistido a algo irrepetible. Esa es la esencia de esta jornada: un instante irrepetible que se renueva cada año con la misma fuerza.
El costalero y los oficios que sostienen la mañana
Detrás del Domingo de Ramos que ve el público hay un trabajo casi invisible que comienza semanas antes. Los costaleros son quizá la expresión más conocida de ese esfuerzo. Su preparación física y espiritual se cuida todo el año, y esta jornada es el momento culminante de una rutina exigente que combina gimnasio, oración y disciplina.
Quien quiera conocer esa preparación puede leer sobre la preparación del costalero, donde se detallan los ejercicios, la alimentación y los gestos que acompañan a un oficio transmitido de generación en generación. Junto al costalero trabajan otros muchos cofrades: el priostazgo, el vestidor, los acólitos y los capilleros que custodian la parroquia.
Todos forman un mosaico de oficios y voluntades que sostiene una mañana entera de fe, de arte y de barrio. Sin esa red silenciosa, el Domingo de Ramos sería solo un escenario hermoso; gracias a ella, se convierte en una celebración viva que la ciudad espera año tras año.
Si este año aún no has decidido qué cofradía acompañar, deja que tu palma te guíe. Sal de casa con tiempo, detente en el atrio de tu parroquia, recibe la bendición y camina detrás del paso que más te haya llamado la atención. Cuando regreses a tu hogar, cuelga la palma junto al cuadro de la familia y deja que sea ella quien te recuerde, ya en Cuaresma del año próximo, que la Semana Santa vuelve siempre. Mientras esperas, sigue explorando las publicaciones de De Nazaret a Sevilla y otras voces cofrades: cada artículo es una invitación a mirar la tradición con ojos despiertos y corazón atento.