Mujeres capataces: una nueva tradición en las cofradías sevillanas
Por siglos, la figura del capataz ha sido sinónimo de masculinidad en el mundo cofrade. La voz que marca el paso, la orden que levanta el martillo y la mirada que sostiene a la cuadrilla parecían reservadas a una genealogía muy concreta: la de los hombres que aprendían el oficio de padres a hijos, en los talleres, en los almacenes y en las propias trabajaderas.
Sin embargo, el paisaje cofrade de Sevilla y de buena parte de Andalucía está cambiando en silencio. Cada año, más mujeres ocupan ese lugar que parecía inamovible, con el mismo temple, idéntica formación y la misma devoción que sus predecesores. Su presencia ha dejado de ser una excepción para convertirse en seña de identidad de una hermandad moderna.
El reportaje que el lector tiene en sus manos recorre ese camino. Repasa los orígenes del cargo, los nombres que abrieron brecha, la respuesta de las cuadrillas, la implicación de las juntas de gobierno y los retos pendientes, sin perder de vista el fondo devocional que define a las cofradías hispalenses.
Porque la estación de penitencia no es solo un desfile, sino un acto litúrgico, una plegaria colectiva y un ejercicio de comunión entre quienes portan los pasos y quienes los acompañan. En ese marco, la voz que guía a los costaleros se ha transformado también en un reflejo de la sociedad que las hermandades quieren seguir siendo.
La figura del capataz en la memoria cofrade
Durante décadas, los manuales y las crónicas describieron al capataz como un varón de voz recia, conocedor profundo del paso, capaz de leer el cansancio de los cargadores y la emoción del público. Su autoridad nacía de la experiencia acumulada en incontables estaciones de penitencia y en madrugones junto a las trabajaderas.
Esa identidad, cimentada en la repetición y en el respeto casi gremial, contribuyó a blindar el oficio. Las hermandades solían recurrir a dinastías de capataces, transmitiendo el cargo como un patrimonio familiar. No era raro que un mismo apellido figurase en las papeletas de sitio durante varias generaciones.
Las primeras voces que cuestionaron esa normalidad llegaron desde dentro. Algunas mujeres que habían crecido entre varales, conocido la trabajadera desde pequeñas y sustituido puntualmente a un capataz enfermo en ensayos privados empezaron a levantar la mano con prudencia, conscientes de que cada paso en falso podía cerrar puertas ajenas.
Primeras mujeres al frente del martillo
Resulta difícil fijar un punto único de partida. Algunas voces cofrades remontan los primeros nombres a finales del siglo pasado, en barrios donde la presencia femenina en los almacenes era ya habitual. Otras prefieren situar el punto de inflexión en la primera década de los dos mil, cuando los vídeos de ensayos circularon por las redes y mostraron a una mujer marcando el ritmo de una cuadrilla de misterio.
Hoy son varias las hermandades que cuentan con una capataz al frente de alguno de sus pasos. Las hay en barrios históricos como San Lorenzo, donde la la devoción al Señor del Gran Poder en el barrio de San Lorenzo convive desde hace años con figuras cofrades relevantes, y también en cofradías más jóvenes que han crecido con absoluta normalidad.
Hitos que las propias cofrades suelen destacar:
- Primera mujer que asumió de forma estable la dirección de un paso de misterio en una hermandad de barrio
- Primera capataz al frente de un palio en una cofradía de la nómina antigua
- Reconocimiento expreso de varias juntas de gobierno a la labor de estas profesionales
- Aparición de voces femeninas en medios cofrades como analistas y comentaristas
- Apertura de escuelas de capataces con presencia femenina mayoritaria
La cuadrilla ante una voz femenina
Uno de los aspectos más comentados dentro y fuera de las cofradías es la reacción de las propias cuadrillas. Los testimonios recogidos durante los últimos años coinciden en señalar que, una vez en la trabajadera, lo que cuenta es la competencia. El costalero busca a quien marca bien, conoce el peso y levanta el paso con sabiduría. La variable del género tiende a difuminarse cuando la levantá sale limpia.
Las capataces que han consolidado su trayectoria explican que la clave estuvo en ganarse la confianza de los cargadores antes de la primera estación de penitencia. Ensayos largos, muchas horas en el almacén, conversaciones informales y, sobre todo, saber escuchar. Quienes mejor han arraigado suelen destacar que no impusieron un estilo, sino que aprendieron el lenguaje de cada cuadrilla y lo pusieron al servicio de la imagen.
Los debates más encendidos suelen aparecer en los márgenes: en cenas de hermandad, en comentarios de redes sociales o en corrillos junto a las puertas de los templos. Ahí, las voces discrepantes suelen apelar a la tradición, a la estética o a la incomodidad que les genera el cambio. Pero esas mismas voces reconocen, en privado, la calidad de quienes ya han demostrado su valía.
Hermandades que ya cuentan con capataces
La nómina de cofradías con presencia femenina en el martillo crece cada Semana Santa. En Sevilla capital se documentan casos en barrios como Triana, la Macarena o San Bernardo. También en localidades del Aljarafe y de la campiña, donde las hermandades suelen ser más permeables a las novedades y donde la presión de la opinión pública local resulta determinante.
La cobertura de estos procesos se ha visto favorecida por el trabajo de medios especializados. Los reportajes publicados permiten seguir la pista de los principales nombres y de las hermandades que han dado el paso. Mención aparte merece la influencia de las redes sociales: canales de vídeo, cuentas de Instagram y podcasts cofrades han servido de altavoz para que estas capataces puedan mostrar su trabajo sin intermediarios.
Indicadores de esa normalización progresiva:
- Incremento de mujeres en escuelas de capataces y en la formación cofrade
- Presencia regular de capataces femeninas en artículos y entrevistas especializadas
- Reconocimiento de hermandades a la labor de sus capataces en memorias anuales
- Aparición de nuevas voces femeninas en programas cofrades de radio y televisión
- Asunción de capataces en estaciones de penitencia de barrios tradicionalmente conservadores
El horizonte de una normalidad en construcción
Mirar hacia adelante implica reconocer lo que aún está por escribirse. La primera estación de penitencia de una capataz al frente de un paso de palio en una hermandad de la nómina antigua sigue siendo una rareza, y la presencia de una mujer en el martillo de un misterio con muchos años de historia continúa siendo noticia más que rutina.
Los retos pendientes pueden agruparse en varios frentes. La formación específica sigue siendo una cuenta pendiente, con escasez de espacios reglados. A esta cuestión se suma la conciliación, ya que los ensayos obligan a dedicar muchas horas a una actividad voluntaria. Los cambios en el recorrido oficial introducen obstáculos adicionales para quienes se incorporan al cargo, al exigir una preparación técnica aún más exigente.
Con todo, el balance invita a la esperanza. Las mujeres que hoy ocupan ese lugar lo hacen con la misma naturalidad con la que cualquier cofrade asume su responsabilidad. Y lo más relevante: lo hacen sin pedir permiso, con el martillo en la mano y la mirada puesta en la imagen que acompañan.
Si quieres profundizar en cómo se vive esta transformación en los barrios, te animamos a seguir explorando las secciones de la web, donde encontrarás crónicas, entrevistas y reportajes dedicados a las cofradías de Sevilla y de toda Andalucía. Comparte este contenido con quienes aún piensan que la cofradía se escribe en masculino: cada lectura, cada conversación y cada testimonio suma para construir una tradición más fiel a su propio nombre.